Estaba a punto de cerrar un ojo, o los dos –no conozco bien el proceso que llevo a cabo para transportarme de la vigilia al sueño-, cuando se escuchó un ruido muy fuerte en una de las habitaciones contiguas. Con bastante probabilidad había sido en la cocina.
Mi primera intención fue ir a revisar que había pasado. Un instante después me paralicé. Las características del ruido se asentaron con plenitud en la parte conciente de mi cabeza. Bastó un rápido análisis de sus características para que concluyera que se trataba de un ruido fuera de lugar, anormal.
De cualquier forma me levanté de mi cama. Busqué mi pantalón por si tenía que salir a la calle. Duermo en prendas íntimas, y prefería no ser visto así. Más valía ponérmelo, por si a caso. Abrí luego un cajón, y revolví con mi mano la colección de objetos innecesarios que yacían en su interior. Encontré una lámpara.
Me dirigí a la cocina. Tenía mis suspicacias. Quizá alguien se hubiera metido a la casa. Alumbre la cocina. Vacía.
Busqué en mi agenda un nombre propio que pudiera auxiliarme. Preferí hablarle a mi hermano que es detective en vez de a la policía. En caso de que se tratara todo de una falsa alarma, no pasaría por un bochorno.
Contestó su celular, pero la llamada se cortó en seguida. Parecía que estaba ocupado, había alcanzado a escuchar a alguien preguntándole si había que incinerar o no al cadáver del difunto. Volvía a marcarle una segunda vez, pero ya no entró la llamada. Tendría que vérmelas yo mismo con el problema.
Saqué un revolver que guardaba bajo llave. Si recuerdo bien, la última vez que lo había utilizado fue cuando corrí a mi ex-mujer y a las arpías de sus amigas de la casa. Habían venido con la intención de llevarse unos muebles, que ella decía eran suyos. ¡Pendejas!
Comencé a revisar cada habitación. Me asomaba a cada una con mucha cautela. A veces por un lado del marco de la puerta. Si había un mueble que me cubriera, entonces por arriba de él.
Hay 5 habitaciones incluyendo la cocina. Todas estaban vacías. Volví a mi cuarto bastante confundido. ¿Qué cosa pudo haber producido semejante ruido bizarro?
De pronto un pensamiento me dejó inmóvil, como si estuviera bajo el influjo de la anestesia. Luego se me pusieron los pelos de erizo, e imágenes de seres sobrenaturales invadieron mi mente. Había escuchado relatos de lo más espeluznantes e increíbles que alimentaban mi imaginación. Además, por la tarde se había cruzado en mi camino un gato negro; algo supuestamente de muy mal agüero. ¡Dios nos guarde si semejantes historias fueran más que ficciones!
¡De nuevo el sonido! Ahora más claro, más tétrico que la vez pasada. Aquello bastó para resucitarme de la muerte transitoria en que me habían sumergido el miedo y mis oscuros pensamientos. Puse a trabajar mi cabeza.
Creo haber podido identificar entre el sonido algunas voces, voces gélidas, sombrías, que me parecieron venir de sujetos sin rostro.
Apreté con fuerza la pistola, y me di cuenta de que no me serviría de nada. La tiré. Me hallaba ante otro tipo de complicaciones. A lo que fuera que me enfrentaba no temblaría bajo la amenaza de un arma ideada para quitar vidas.
Recordé que en el carro nupcial que estaba aún estacionado en mi cochera –manejó un hermoso Cadillac Biarritz 1959 que es muy cotizado en todo tipo de eventos, pero sobre todo en bodas- había un poco de agua bendita. Si la quería, tendría que salir. Me aterrorizaba la idea, pero había que intentarlo.
Llegué a la puerta. Me acosté de costado de tal manera que una vez abierta pudiera asomar tan sólo mi cabeza. Me daba miedo salir. Mi segunda versión del origen del misterioso ruido implicaba seres sobrenaturales. Afuera hacía el clima ideal para que semejantes seres salieran a pasear. El cielo estaba nublado, la oscuridad era casi total, y un fuerte viento soplaba entonando tétricas melodías.
Me armé de valor. Pensé que después de todo un hombre es aquél al que no se le encoje en semejantes situaciones. Con la poca zozobra que me quedaba crucé el umbral de la puerta. Si quería conseguir el agua bendita haría falta un cambio de humor en mi ánimo. “Ahora o nunca”, pensé. Di un grito de guerra, que salió desde el fondo de mi alma, y eché a correr rumbo al coche.
Para mi fortuna había dejado la puerta del carro abierta. Lo abordé y no tardé en encontrar el líquido divino que estaba buscando. Me lo vertí todo sobre mi cuerpo y comencé a orar.
Comencé a evaporarme, a perderme junto con el aire. Antes de desaparecer por completo, ya me sentía mucho más relajado. Ahora me queda más claro. Así como los vivos le temen a los muertos y a su mundo, también nosotros los muertos les tememos a los vivos.