4.10.2007

SONIDOS QUE DE(s)VELAN

Estaba a punto de cerrar un ojo, o los dos –no conozco bien el proceso que llevo a cabo para transportarme de la vigilia al sueño-, cuando se escuchó un ruido muy fuerte en una de las habitaciones contiguas. Con bastante probabilidad había sido en la cocina.

Mi primera intención fue ir a revisar que había pasado. Un instante después me paralicé. Las características del ruido se asentaron con plenitud en la parte conciente de mi cabeza. Bastó un rápido análisis de sus características para que concluyera que se trataba de un ruido fuera de lugar, anormal.

De cualquier forma me levanté de mi cama. Busqué mi pantalón por si tenía que salir a la calle. Duermo en prendas íntimas, y prefería no ser visto así. Más valía ponérmelo, por si a caso. Abrí luego un cajón, y revolví con mi mano la colección de objetos innecesarios que yacían en su interior. Encontré una lámpara.

Me dirigí a la cocina. Tenía mis suspicacias. Quizá alguien se hubiera metido a la casa. Alumbre la cocina. Vacía.

Busqué en mi agenda un nombre propio que pudiera auxiliarme. Preferí hablarle a mi hermano que es detective en vez de a la policía. En caso de que se tratara todo de una falsa alarma, no pasaría por un bochorno.

Contestó su celular, pero la llamada se cortó en seguida. Parecía que estaba ocupado, había alcanzado a escuchar a alguien preguntándole si había que incinerar o no al cadáver del difunto. Volvía a marcarle una segunda vez, pero ya no entró la llamada. Tendría que vérmelas yo mismo con el problema.

Saqué un revolver que guardaba bajo llave. Si recuerdo bien, la última vez que lo había utilizado fue cuando corrí a mi ex-mujer y a las arpías de sus amigas de la casa. Habían venido con la intención de llevarse unos muebles, que ella decía eran suyos. ¡Pendejas!

Comencé a revisar cada habitación. Me asomaba a cada una con mucha cautela. A veces por un lado del marco de la puerta. Si había un mueble que me cubriera, entonces por arriba de él.

Hay 5 habitaciones incluyendo la cocina. Todas estaban vacías. Volví a mi cuarto bastante confundido. ¿Qué cosa pudo haber producido semejante ruido bizarro?

De pronto un pensamiento me dejó inmóvil, como si estuviera bajo el influjo de la anestesia. Luego se me pusieron los pelos de erizo, e imágenes de seres sobrenaturales invadieron mi mente. Había escuchado relatos de lo más espeluznantes e increíbles que alimentaban mi imaginación. Además, por la tarde se había cruzado en mi camino un gato negro; algo supuestamente de muy mal agüero. ¡Dios nos guarde si semejantes historias fueran más que ficciones!

¡De nuevo el sonido! Ahora más claro, más tétrico que la vez pasada. Aquello bastó para resucitarme de la muerte transitoria en que me habían sumergido el miedo y mis oscuros pensamientos. Puse a trabajar mi cabeza.

Creo haber podido identificar entre el sonido algunas voces, voces gélidas, sombrías, que me parecieron venir de sujetos sin rostro.

Apreté con fuerza la pistola, y me di cuenta de que no me serviría de nada. La tiré. Me hallaba ante otro tipo de complicaciones. A lo que fuera que me enfrentaba no temblaría bajo la amenaza de un arma ideada para quitar vidas.

Recordé que en el carro nupcial que estaba aún estacionado en mi cochera –manejó un hermoso Cadillac Biarritz 1959 que es muy cotizado en todo tipo de eventos, pero sobre todo en bodas- había un poco de agua bendita. Si la quería, tendría que salir. Me aterrorizaba la idea, pero había que intentarlo.

Llegué a la puerta. Me acosté de costado de tal manera que una vez abierta pudiera asomar tan sólo mi cabeza. Me daba miedo salir. Mi segunda versión del origen del misterioso ruido implicaba seres sobrenaturales. Afuera hacía el clima ideal para que semejantes seres salieran a pasear. El cielo estaba nublado, la oscuridad era casi total, y un fuerte viento soplaba entonando tétricas melodías.

Me armé de valor. Pensé que después de todo un hombre es aquél al que no se le encoje en semejantes situaciones. Con la poca zozobra que me quedaba crucé el umbral de la puerta. Si quería conseguir el agua bendita haría falta un cambio de humor en mi ánimo. “Ahora o nunca”, pensé. Di un grito de guerra, que salió desde el fondo de mi alma, y eché a correr rumbo al coche.

Para mi fortuna había dejado la puerta del carro abierta. Lo abordé y no tardé en encontrar el líquido divino que estaba buscando. Me lo vertí todo sobre mi cuerpo y comencé a orar.

Comencé a evaporarme, a perderme junto con el aire. Antes de desaparecer por completo, ya me sentía mucho más relajado. Ahora me queda más claro. Así como los vivos le temen a los muertos y a su mundo, también nosotros los muertos les tememos a los vivos.

3.22.2007

LA TORRE EN MEDIO DEL CAMINO

Me había comenzado a crecer una panza; había descubierto la primera lonja sobre mi abdomen hacía unas semanas. No se qué cosa me sucedía, que comenzó a crecer a una impresionante velocidad. Luego, al mirarme al espejo, concluí que aquello ya no era una lonja, sino panza. Por ello decidí atacar inmediatamente. A mi edad hay más y más hombres que luchan constantemente para eliminar sus respectivas barrigas sin lograrlo, mejor correr a la mía antes de que se sintiese demasiado cómoda sobre mi abdomen.
No es que sea vanidoso, no es eso... Sigo soltero, dependo mucho de mi apariencia para conseguir que el sexo opuesto me abra las piernas. Las mujeres de ahora son cada vez más exigentes. Si me doy al traste antes de conseguir esposa… Luego está el espejo, el maldito espejo que, día a día, se empeña en retratarme más parecido a mi padre, a ese hombre que tanto odio sin siquiera haberlo conocido; de él nada más hay que fotografías. Ahora comprenden: están las mujeres que me mandan a verme al espejo, para que éste me diga que me parezco cada vez más a mi padre, y, entonces, él despierta en mí un odio, uno muy grande, y, por no tenerlo cerca para embarrarle ese odio a pincelazos en la cara, para taladrárselo en los oídos, para clavárselo en sus carnes, ese odio enorme termina reflejándose. Es como si dentro del espejo habitara mi padre, y, cada vez que me asomo, me dijera la mierda que soy, y cómo nos abandonó por eso mismo, por la basura que soy, y entonces nace en mí el deseo. Me refiero al deseo de una mujer que me abra las piernas, y, así, por algunos minutos me haga sentir que no soy una mierda, que no soy una basura, que soy querido; pero nunca dura mucho esa sensación, porqué ahí sigue el espejo… y luego mi padre… y entonces las mujeres.
Salí a correr a la manzana. Soy un sedentario empedernido. Vicios: tabaquismo y alcoholismo social (frecuente), de más de diez años. Ya podrán imaginar lo que sentí cuando empecé a trotar: un dolor en el pecho, la venitas en la frente que me explotaban, humo saliéndome por los poros, los huesos que se me doblaban… No me sorprendió que a los pocos metros comenzara a marearme y a nublárseme la vista. Me paré ex abrupto, lo cual sólo empeoró la situación. El mundo se difuminaba en una omniabaracante mancha blanca brillante. Empecé a buscar desesperadamente con mi tacto algo de lo que pudiese sujetarme, y así evitar la inminente caída. Para mi fortuna, en el último instante antes de que mis músculos se rindieran y me hiciesen colapsar contra el suelo, mi mano dio con una rama. Para mi desgracia, era una rama muy delgada, y, junto con el “crack”, sentí la fuerza de la gravedad operando sobre mi cuerpo.
Volví en mí. Estaba tirado en la banqueta, con algunos raspones, polvo y ramitas cubriéndome por todas partes. Me quedé tendido algunos minutos, hasta que consideré que podría pararme sin riesgo de volver a caer. De vuelta en bipedestación erecta me sacudí, y examiné mis heridas; por suerte nada de gravedad. Decidí que era suficiente ejercicio por aquel día.
Di la vuelta, y comencé a caminar rumbo a mi casa. No había dado ni diez pasos cuando aterrizó una torre de castillo justo en frente de mí. La base de la torre estaba equipada con una especie de propulsores -muy parecidos a los de los cohetes espaciales-, que le permitían maniobrar con una precisión increíble; podía realizar aterrizajes con una exactitud milimétrica. Tuve que dar un salto con las pocas fuerzas que me quedaban, para que mi pie no quedara irremediablemente chamuscado y aplastado.
Me puse furioso. Todo salía mal aquel día. Empecé a mentarle la madre a la torre. Tenía razón para estar molesto; ese edificio por poco y me cae encima. De repente escuche una voz. Voltié hacia arriba para buscar de donde provenía. No vi nada. Comencé a rodearla, hasta que vi una ventana a lo alto, de donde asomaba una mujer, que estaba ataviada como princesa. Era muy bella; decidí guardarme los insultos para otra ocasión.
-Sube- dijo.
Me lanzó una trenza de su largísimo cabello castaño, convenientemente tejida en forma de escalera colgante. Trepé. Una vez arriba la mujer me trató con mucha amabilidad.
-Bebe, te sentirás mejor. Te ves agotado- me dijo, mientras me pasaba una taza de un té con un olor que no lograba reconocer.
La princesa despareció tras una puerta. Decidí tirarme sobre un sofá que se veía bastante cómodo. ¡Qué delicia cuando por fin pude soltar el cuerpo! Comencé a entrar en un trance delicioso, de total comodidad, del cual fui sacado abruptamente; un temblor tremendo sacudió la torre. Me paré alarmado, y fui a asomarme a la ventana. El suelo se alejaba presuroso… volábamos.
Me invadió la angustia, el miedo, el pánico. ¿A dónde iba? Estaba siendo raptado, y acababa de darme cuenta. ¿En dónde demonios se había metido la “princesa”? Abrí la puerta por dónde ella había desaparecido.
Ahí estaba la susodicha, jalando palancas y moviendo botones.
-Espera de aquel lado, ahora voy. En cuanto salgamos de la atmósfera la pondré en piloto automático. Deberías asomarte por la ventana, esta parte del viaje es una de mis favoritas.- me dijo, con tono mandón.
-¿A dónde vamos?-, le pregunte.
-Ahora voy. Espera de aquel lado.-
Me di cuenta que por el momento no obtendría más palabras de ella. Supuse que podría relajarme, y aprovechar la vista, como ella me lo recomendaba. Después de todo, no todos los días se comienza un viaje espacial. Me acomodé junto a la ventana. La “princesa” tenía razón, la vista era espectacular.
Oi el abrirse y cerrarse de la puerta. La princesa se sentó y me invitó a tomar asiento. Me sirvió más té. ¡Era en verdad hermosa!
-¿A dónde me llevas?- pregunté.
- A la luna.-
Me explicó que la nave de la muerte se había averiado, que eran grandes amigos, y que le hacía el favor de suplirla en sus rondas.
-¿La muerte vive en la luna? ¿Estoy muerto?-
-No sé. Mira, todo eso se lo podrás preguntar al conejo. Yo sólo tengo el encargo de llevarte a su palacio. Él sabe bien cómo funciona todo.-
-¿Un conejo?-
-Si. El rey de la luna. ¿Por qué crees que al mirar la luna puedes ver un conejo? Él lo mandó tatuar en su superficie.-
Llegamos a la luna. Me despedí de la princesa, que tenía que ir a recoger a otras personas a la tierra; me indicó el camino.
Llegué ante el rey de la luna. Muy amablemente me hizo tomar asiento. Chasqueó los dedos dos veces, y un par de súbditos –liberes- trajeron un televisor, que estaba sobre una mesita con ruedas. Lo conectaron y encendieron.
-Mira.- me ordenó el conejo.
En el televisor aparecía yo; en bata, sobre una cama, en el hospital con toda probabilidad. Los doctores preparaban la máquina para revivir –la que usan en casos de paros cardiacos.
-¿Te gusta la vida que llevas?- preguntó el conejo.
-No sé. A veces.-
El rey de la luna me explicó.
-Nadie sabe a dónde te llevará la muerte una vez que venga por ti, ni yo, que soy su mejor amigo. En la parte oscura de la luna hay un cráter, es cómo una puerta, que lleva a algún lugar desconocido. Por ahí sale la muerte, y viene a este castillo a recoger a aquellos que ya no podrán vivir más en la tierra. Hay otros que penden de un hilo entre la vida y la muerte; tú eres uno de ellos. Ustedes son los que más complicada la tienen. Se ven obligados a decidir. En el último instante de su vida, siguen estando condenados a ser libres. Tienes que hacer una de las decisiones más difíciles de tu vida, o muerte –como quieras verlo. Tienes que decidir sobre aquello que casi nadie puede, sobre tu propia vida.-
-Cualquiera puede decidir eso. ¿Qué hay del suicidio?- le reproché.
-Los suicidas pueden decidir si quieren morir o no. Tú, en cambio, tienes que decidir si quieres vivir o no. Es algo mucho más complicado, si a mí me preguntas. Imagínate si te hicieran esa pregunta antes de nacer. Además tú ya tienes cierta perspectiva de cómo es tu vida; sabes de lo que te perderías o no.-
El conejo chasqueó de nuevo sus dedos, y el par de liebres apareció de nuevo con una bandeja de zanahorias para el rey conejo.
-Decide ahora. ¿Quieres vivir o no? Tengo otros asuntos que requieren de mi atención.-
-Creo que ya no quiero vivir. Estaba a punto de llegar a ser igual a mi padre… No, ya tuve suficiente, además me da mucha curiosidad saber que hay del otro lado del cráter.- contesté bastante seguro de mi decisión, hecha en tan poco tiempo.
-Muy bien-
El conejo chasqueó, por tercera vez, sus dedos.
-Lleven a este hombre al cuarto de espera.-
Las liebres me escoltaron hasta un cuarto. Aquí espero, con ansias, a que la muerte me recoja, y a que me conduzca a través de esa puerta que lleva a no sé dónde.

1.01.2007

El Acantilado

A la orilla de un acantilado, me acosté. Me puse pecho tierra, y, despacito, me arrastré hacia el borde del precipicio, lo más que pude. Logré asomar mi cabeza entera. Sentí vértigo, pero me encantó lo que veía. Una ráfaga de viento golpeo mis cachetes inesperadamente. Me asusté y me recorrí hacia atrás en un abrir y cerrar de ojos, alejándome de la orilla.
Me armé de valor, y, como una serpiente, me deslicé de nuevo hacia la orilla de aquel impresionante acantilado. El viento subía furioso, silbando, pero no logró asustarme de nuevo. Incluso, descubrí que me fascinaba la sensación de soporte que le daba a mi cabeza. Tenía la ventaja, además, de que mantenía libre mi cara de mis largos cabellos, que ,como si cada uno de ellos estuviera atado a un papalote invisible, se elevaban hacia el cielo. Cerré los ojos unos segundos, y sentí que mi cabeza se separaba de mi cuerpo. Subía cada vez más alto, cruzando algunas nubes espesas, para, finalmente, ser arrastrada por una corriente de viento que la llevaría al otro lado del mundo.
Por desgracia, mi cabeza seguía ahí, donde mismo, pegada a mi cuerpo por el cuello y repleta de complicados conflictos que atormentaban mi existencia. Despegué mis párpados, y me arrepentí de haber deseado, tan sólo hacía un instante, que mi cabeza estuviera en otra parte. Creo que mis ojos difícilmente hubieran encontrado un paisaje más hermoso, que ese que contemplaban ahí, en el fondo del profundo abismo. Recordé porque había ido al lugar en donde estaba y pensé que no me había equivocado.
Había un pequeño arroyo, que desde donde yo yacía se veía como un fino hilo plateado. Desaparecía y reaparecía de entre una tela, de distintas tonalidades de verde, con bordados de distintas formas y colores muy intensos. Hacía falta hacer un esfuerzo visual para distinguir que eso verde en el fondo era, en realidad, un conjunto de varios árboles. La vegetación era tan tupida que costaba distinguir el final de una planta del comienzo de la siguiente, y más desde aquella gran altura.
Entre el verdor, llamaban la atención los espacios completamente desiertos. Estaban distribuidos aleatoriamente. Algunos eran más grandes que otros. En su mayoría eran grises -rocosos- o amarillos -arenosos. La luz rebotaba en ellos con bastante intensidad. En contraste con el verdor, brillaban.
Se me ocurrió hacer bizcos. Me di cuenta, entonces, que con facilidad lo que había en la profundidad del abismo podía confundirse con el cielo. Imaginé que lo puntos brillantes, en medio de la mancha oscura, eran estrellas. El hilo plateado era la Vía Láctea y la mancha, por supuesto, el cielo nocturno. Si no el cielo que observamos desde la tierra, por lo menos un cielo, de algún otro mundo, tendría que asemejársele a lo que veía.
Tomé valor, y me paré. Mis pies sobresalían unos milímetros de donde se terminaba el suelo firme. Encendí un cigarrillo mientras comenzaban a correr algunas lágrimas por mis mejillas. Me las froté. Ya no valía la pena sentir dolor.
Abrí los brazos, y sin pensarlo salté. Pensé que caería, era mi intención terminar con mi vida ese día, pero para mi sorpresa comencé a volar, cada vez más alto, hacía un bellísimo cielo...
estrellado.