Me había comenzado a crecer una panza; había descubierto la primera lonja sobre mi abdomen hacía unas semanas. No se qué cosa me sucedía, que comenzó a crecer a una impresionante velocidad. Luego, al mirarme al espejo, concluí que aquello ya no era una lonja, sino panza. Por ello decidí atacar inmediatamente. A mi edad hay más y más hombres que luchan constantemente para eliminar sus respectivas barrigas sin lograrlo, mejor correr a la mía antes de que se sintiese demasiado cómoda sobre mi abdomen.
No es que sea vanidoso, no es eso... Sigo soltero, dependo mucho de mi apariencia para conseguir que el sexo opuesto me abra las piernas. Las mujeres de ahora son cada vez más exigentes. Si me doy al traste antes de conseguir esposa… Luego está el espejo, el maldito espejo que, día a día, se empeña en retratarme más parecido a mi padre, a ese hombre que tanto odio sin siquiera haberlo conocido; de él nada más hay que fotografías. Ahora comprenden: están las mujeres que me mandan a verme al espejo, para que éste me diga que me parezco cada vez más a mi padre, y, entonces, él despierta en mí un odio, uno muy grande, y, por no tenerlo cerca para embarrarle ese odio a pincelazos en la cara, para taladrárselo en los oídos, para clavárselo en sus carnes, ese odio enorme termina reflejándose. Es como si dentro del espejo habitara mi padre, y, cada vez que me asomo, me dijera la mierda que soy, y cómo nos abandonó por eso mismo, por la basura que soy, y entonces nace en mí el deseo. Me refiero al deseo de una mujer que me abra las piernas, y, así, por algunos minutos me haga sentir que no soy una mierda, que no soy una basura, que soy querido; pero nunca dura mucho esa sensación, porqué ahí sigue el espejo… y luego mi padre… y entonces las mujeres.
Salí a correr a la manzana. Soy un sedentario empedernido. Vicios: tabaquismo y alcoholismo social (frecuente), de más de diez años. Ya podrán imaginar lo que sentí cuando empecé a trotar: un dolor en el pecho, la venitas en la frente que me explotaban, humo saliéndome por los poros, los huesos que se me doblaban… No me sorprendió que a los pocos metros comenzara a marearme y a nublárseme la vista. Me paré ex abrupto, lo cual sólo empeoró la situación. El mundo se difuminaba en una omniabaracante mancha blanca brillante. Empecé a buscar desesperadamente con mi tacto algo de lo que pudiese sujetarme, y así evitar la inminente caída. Para mi fortuna, en el último instante antes de que mis músculos se rindieran y me hiciesen colapsar contra el suelo, mi mano dio con una rama. Para mi desgracia, era una rama muy delgada, y, junto con el “crack”, sentí la fuerza de la gravedad operando sobre mi cuerpo.
Volví en mí. Estaba tirado en la banqueta, con algunos raspones, polvo y ramitas cubriéndome por todas partes. Me quedé tendido algunos minutos, hasta que consideré que podría pararme sin riesgo de volver a caer. De vuelta en bipedestación erecta me sacudí, y examiné mis heridas; por suerte nada de gravedad. Decidí que era suficiente ejercicio por aquel día.
Di la vuelta, y comencé a caminar rumbo a mi casa. No había dado ni diez pasos cuando aterrizó una torre de castillo justo en frente de mí. La base de la torre estaba equipada con una especie de propulsores -muy parecidos a los de los cohetes espaciales-, que le permitían maniobrar con una precisión increíble; podía realizar aterrizajes con una exactitud milimétrica. Tuve que dar un salto con las pocas fuerzas que me quedaban, para que mi pie no quedara irremediablemente chamuscado y aplastado.
Me puse furioso. Todo salía mal aquel día. Empecé a mentarle la madre a la torre. Tenía razón para estar molesto; ese edificio por poco y me cae encima. De repente escuche una voz. Voltié hacia arriba para buscar de donde provenía. No vi nada. Comencé a rodearla, hasta que vi una ventana a lo alto, de donde asomaba una mujer, que estaba ataviada como princesa. Era muy bella; decidí guardarme los insultos para otra ocasión.
-Sube- dijo.
Me lanzó una trenza de su largísimo cabello castaño, convenientemente tejida en forma de escalera colgante. Trepé. Una vez arriba la mujer me trató con mucha amabilidad.
-Bebe, te sentirás mejor. Te ves agotado- me dijo, mientras me pasaba una taza de un té con un olor que no lograba reconocer.
La princesa despareció tras una puerta. Decidí tirarme sobre un sofá que se veía bastante cómodo. ¡Qué delicia cuando por fin pude soltar el cuerpo! Comencé a entrar en un trance delicioso, de total comodidad, del cual fui sacado abruptamente; un temblor tremendo sacudió la torre. Me paré alarmado, y fui a asomarme a la ventana. El suelo se alejaba presuroso… volábamos.
Me invadió la angustia, el miedo, el pánico. ¿A dónde iba? Estaba siendo raptado, y acababa de darme cuenta. ¿En dónde demonios se había metido la “princesa”? Abrí la puerta por dónde ella había desaparecido.
Ahí estaba la susodicha, jalando palancas y moviendo botones.
-Espera de aquel lado, ahora voy. En cuanto salgamos de la atmósfera la pondré en piloto automático. Deberías asomarte por la ventana, esta parte del viaje es una de mis favoritas.- me dijo, con tono mandón.
-¿A dónde vamos?-, le pregunte.
-Ahora voy. Espera de aquel lado.-
Me di cuenta que por el momento no obtendría más palabras de ella. Supuse que podría relajarme, y aprovechar la vista, como ella me lo recomendaba. Después de todo, no todos los días se comienza un viaje espacial. Me acomodé junto a la ventana. La “princesa” tenía razón, la vista era espectacular.
Oi el abrirse y cerrarse de la puerta. La princesa se sentó y me invitó a tomar asiento. Me sirvió más té. ¡Era en verdad hermosa!
-¿A dónde me llevas?- pregunté.
- A la luna.-
Me explicó que la nave de la muerte se había averiado, que eran grandes amigos, y que le hacía el favor de suplirla en sus rondas.
-¿La muerte vive en la luna? ¿Estoy muerto?-
-No sé. Mira, todo eso se lo podrás preguntar al conejo. Yo sólo tengo el encargo de llevarte a su palacio. Él sabe bien cómo funciona todo.-
-¿Un conejo?-
-Si. El rey de la luna. ¿Por qué crees que al mirar la luna puedes ver un conejo? Él lo mandó tatuar en su superficie.-
Llegamos a la luna. Me despedí de la princesa, que tenía que ir a recoger a otras personas a la tierra; me indicó el camino.
Llegué ante el rey de la luna. Muy amablemente me hizo tomar asiento. Chasqueó los dedos dos veces, y un par de súbditos –liberes- trajeron un televisor, que estaba sobre una mesita con ruedas. Lo conectaron y encendieron.
-Mira.- me ordenó el conejo.
En el televisor aparecía yo; en bata, sobre una cama, en el hospital con toda probabilidad. Los doctores preparaban la máquina para revivir –la que usan en casos de paros cardiacos.
-¿Te gusta la vida que llevas?- preguntó el conejo.
-No sé. A veces.-
El rey de la luna me explicó.
-Nadie sabe a dónde te llevará la muerte una vez que venga por ti, ni yo, que soy su mejor amigo. En la parte oscura de la luna hay un cráter, es cómo una puerta, que lleva a algún lugar desconocido. Por ahí sale la muerte, y viene a este castillo a recoger a aquellos que ya no podrán vivir más en la tierra. Hay otros que penden de un hilo entre la vida y la muerte; tú eres uno de ellos. Ustedes son los que más complicada la tienen. Se ven obligados a decidir. En el último instante de su vida, siguen estando condenados a ser libres. Tienes que hacer una de las decisiones más difíciles de tu vida, o muerte –como quieras verlo. Tienes que decidir sobre aquello que casi nadie puede, sobre tu propia vida.-
-Cualquiera puede decidir eso. ¿Qué hay del suicidio?- le reproché.
-Los suicidas pueden decidir si quieren morir o no. Tú, en cambio, tienes que decidir si quieres vivir o no. Es algo mucho más complicado, si a mí me preguntas. Imagínate si te hicieran esa pregunta antes de nacer. Además tú ya tienes cierta perspectiva de cómo es tu vida; sabes de lo que te perderías o no.-
El conejo chasqueó de nuevo sus dedos, y el par de liebres apareció de nuevo con una bandeja de zanahorias para el rey conejo.
-Decide ahora. ¿Quieres vivir o no? Tengo otros asuntos que requieren de mi atención.-
-Creo que ya no quiero vivir. Estaba a punto de llegar a ser igual a mi padre… No, ya tuve suficiente, además me da mucha curiosidad saber que hay del otro lado del cráter.- contesté bastante seguro de mi decisión, hecha en tan poco tiempo.
-Muy bien-
El conejo chasqueó, por tercera vez, sus dedos.
-Lleven a este hombre al cuarto de espera.-
Las liebres me escoltaron hasta un cuarto. Aquí espero, con ansias, a que la muerte me recoja, y a que me conduzca a través de esa puerta que lleva a no sé dónde.
No es que sea vanidoso, no es eso... Sigo soltero, dependo mucho de mi apariencia para conseguir que el sexo opuesto me abra las piernas. Las mujeres de ahora son cada vez más exigentes. Si me doy al traste antes de conseguir esposa… Luego está el espejo, el maldito espejo que, día a día, se empeña en retratarme más parecido a mi padre, a ese hombre que tanto odio sin siquiera haberlo conocido; de él nada más hay que fotografías. Ahora comprenden: están las mujeres que me mandan a verme al espejo, para que éste me diga que me parezco cada vez más a mi padre, y, entonces, él despierta en mí un odio, uno muy grande, y, por no tenerlo cerca para embarrarle ese odio a pincelazos en la cara, para taladrárselo en los oídos, para clavárselo en sus carnes, ese odio enorme termina reflejándose. Es como si dentro del espejo habitara mi padre, y, cada vez que me asomo, me dijera la mierda que soy, y cómo nos abandonó por eso mismo, por la basura que soy, y entonces nace en mí el deseo. Me refiero al deseo de una mujer que me abra las piernas, y, así, por algunos minutos me haga sentir que no soy una mierda, que no soy una basura, que soy querido; pero nunca dura mucho esa sensación, porqué ahí sigue el espejo… y luego mi padre… y entonces las mujeres.
Salí a correr a la manzana. Soy un sedentario empedernido. Vicios: tabaquismo y alcoholismo social (frecuente), de más de diez años. Ya podrán imaginar lo que sentí cuando empecé a trotar: un dolor en el pecho, la venitas en la frente que me explotaban, humo saliéndome por los poros, los huesos que se me doblaban… No me sorprendió que a los pocos metros comenzara a marearme y a nublárseme la vista. Me paré ex abrupto, lo cual sólo empeoró la situación. El mundo se difuminaba en una omniabaracante mancha blanca brillante. Empecé a buscar desesperadamente con mi tacto algo de lo que pudiese sujetarme, y así evitar la inminente caída. Para mi fortuna, en el último instante antes de que mis músculos se rindieran y me hiciesen colapsar contra el suelo, mi mano dio con una rama. Para mi desgracia, era una rama muy delgada, y, junto con el “crack”, sentí la fuerza de la gravedad operando sobre mi cuerpo.
Volví en mí. Estaba tirado en la banqueta, con algunos raspones, polvo y ramitas cubriéndome por todas partes. Me quedé tendido algunos minutos, hasta que consideré que podría pararme sin riesgo de volver a caer. De vuelta en bipedestación erecta me sacudí, y examiné mis heridas; por suerte nada de gravedad. Decidí que era suficiente ejercicio por aquel día.
Di la vuelta, y comencé a caminar rumbo a mi casa. No había dado ni diez pasos cuando aterrizó una torre de castillo justo en frente de mí. La base de la torre estaba equipada con una especie de propulsores -muy parecidos a los de los cohetes espaciales-, que le permitían maniobrar con una precisión increíble; podía realizar aterrizajes con una exactitud milimétrica. Tuve que dar un salto con las pocas fuerzas que me quedaban, para que mi pie no quedara irremediablemente chamuscado y aplastado.
Me puse furioso. Todo salía mal aquel día. Empecé a mentarle la madre a la torre. Tenía razón para estar molesto; ese edificio por poco y me cae encima. De repente escuche una voz. Voltié hacia arriba para buscar de donde provenía. No vi nada. Comencé a rodearla, hasta que vi una ventana a lo alto, de donde asomaba una mujer, que estaba ataviada como princesa. Era muy bella; decidí guardarme los insultos para otra ocasión.
-Sube- dijo.
Me lanzó una trenza de su largísimo cabello castaño, convenientemente tejida en forma de escalera colgante. Trepé. Una vez arriba la mujer me trató con mucha amabilidad.
-Bebe, te sentirás mejor. Te ves agotado- me dijo, mientras me pasaba una taza de un té con un olor que no lograba reconocer.
La princesa despareció tras una puerta. Decidí tirarme sobre un sofá que se veía bastante cómodo. ¡Qué delicia cuando por fin pude soltar el cuerpo! Comencé a entrar en un trance delicioso, de total comodidad, del cual fui sacado abruptamente; un temblor tremendo sacudió la torre. Me paré alarmado, y fui a asomarme a la ventana. El suelo se alejaba presuroso… volábamos.
Me invadió la angustia, el miedo, el pánico. ¿A dónde iba? Estaba siendo raptado, y acababa de darme cuenta. ¿En dónde demonios se había metido la “princesa”? Abrí la puerta por dónde ella había desaparecido.
Ahí estaba la susodicha, jalando palancas y moviendo botones.
-Espera de aquel lado, ahora voy. En cuanto salgamos de la atmósfera la pondré en piloto automático. Deberías asomarte por la ventana, esta parte del viaje es una de mis favoritas.- me dijo, con tono mandón.
-¿A dónde vamos?-, le pregunte.
-Ahora voy. Espera de aquel lado.-
Me di cuenta que por el momento no obtendría más palabras de ella. Supuse que podría relajarme, y aprovechar la vista, como ella me lo recomendaba. Después de todo, no todos los días se comienza un viaje espacial. Me acomodé junto a la ventana. La “princesa” tenía razón, la vista era espectacular.
Oi el abrirse y cerrarse de la puerta. La princesa se sentó y me invitó a tomar asiento. Me sirvió más té. ¡Era en verdad hermosa!
-¿A dónde me llevas?- pregunté.
- A la luna.-
Me explicó que la nave de la muerte se había averiado, que eran grandes amigos, y que le hacía el favor de suplirla en sus rondas.
-¿La muerte vive en la luna? ¿Estoy muerto?-
-No sé. Mira, todo eso se lo podrás preguntar al conejo. Yo sólo tengo el encargo de llevarte a su palacio. Él sabe bien cómo funciona todo.-
-¿Un conejo?-
-Si. El rey de la luna. ¿Por qué crees que al mirar la luna puedes ver un conejo? Él lo mandó tatuar en su superficie.-
Llegamos a la luna. Me despedí de la princesa, que tenía que ir a recoger a otras personas a la tierra; me indicó el camino.
Llegué ante el rey de la luna. Muy amablemente me hizo tomar asiento. Chasqueó los dedos dos veces, y un par de súbditos –liberes- trajeron un televisor, que estaba sobre una mesita con ruedas. Lo conectaron y encendieron.
-Mira.- me ordenó el conejo.
En el televisor aparecía yo; en bata, sobre una cama, en el hospital con toda probabilidad. Los doctores preparaban la máquina para revivir –la que usan en casos de paros cardiacos.
-¿Te gusta la vida que llevas?- preguntó el conejo.
-No sé. A veces.-
El rey de la luna me explicó.
-Nadie sabe a dónde te llevará la muerte una vez que venga por ti, ni yo, que soy su mejor amigo. En la parte oscura de la luna hay un cráter, es cómo una puerta, que lleva a algún lugar desconocido. Por ahí sale la muerte, y viene a este castillo a recoger a aquellos que ya no podrán vivir más en la tierra. Hay otros que penden de un hilo entre la vida y la muerte; tú eres uno de ellos. Ustedes son los que más complicada la tienen. Se ven obligados a decidir. En el último instante de su vida, siguen estando condenados a ser libres. Tienes que hacer una de las decisiones más difíciles de tu vida, o muerte –como quieras verlo. Tienes que decidir sobre aquello que casi nadie puede, sobre tu propia vida.-
-Cualquiera puede decidir eso. ¿Qué hay del suicidio?- le reproché.
-Los suicidas pueden decidir si quieren morir o no. Tú, en cambio, tienes que decidir si quieres vivir o no. Es algo mucho más complicado, si a mí me preguntas. Imagínate si te hicieran esa pregunta antes de nacer. Además tú ya tienes cierta perspectiva de cómo es tu vida; sabes de lo que te perderías o no.-
El conejo chasqueó de nuevo sus dedos, y el par de liebres apareció de nuevo con una bandeja de zanahorias para el rey conejo.
-Decide ahora. ¿Quieres vivir o no? Tengo otros asuntos que requieren de mi atención.-
-Creo que ya no quiero vivir. Estaba a punto de llegar a ser igual a mi padre… No, ya tuve suficiente, además me da mucha curiosidad saber que hay del otro lado del cráter.- contesté bastante seguro de mi decisión, hecha en tan poco tiempo.
-Muy bien-
El conejo chasqueó, por tercera vez, sus dedos.
-Lleven a este hombre al cuarto de espera.-
Las liebres me escoltaron hasta un cuarto. Aquí espero, con ansias, a que la muerte me recoja, y a que me conduzca a través de esa puerta que lleva a no sé dónde.